Testimonios

Aunque la carta sea ficticia, puede ser en cualquier momento una realidad.
Son muchas las mujeres alcohólicas que hoy luchan por su LIBERTAD. Para ellas va esta historia con un único mensaje:

ADELANTE, SE PUEDE CONSEGUIR.

Mi querida Rosa:
Aunque son muchos los años que han pasado, todavía recuerdo cuando nos conocimos. Tú solo eras una niña y yo un amigo de tu padre. Nuestra relación no fue buena. Me mirabas con recelo y terminaste por odiarme. Fueron muchas las veces que llorabas. Te quejabas de que no erais una familia. Y todo por mi culpa. Tu padre pasaba más tiempo conmigo que con vosotros. Incluso me enteré que llegó a pegarte, no una vez, varias. Y todo por mi culpa.
Perdí tu pista y así pasaron varios años. Cuando nos reencontramos ¡HABÍAS CAMBIADO TANTO! Eras toda una mujer, tus estudios terminados, tenías marido y tres hijos, y un camino casi forjado.
Dudé en acercarme, fuiste tú quien inició el saludo, ese primer contacto. Hoy todavía desconoces el porqué. Lo cierto es que así empezamos a mirarnos, a gustarnos…

Nos veíamos de vez en cuando. Compartíamos ratos de ocio, evasión,,. y entre unos y otros empezaste a contarme tus secretos. No eras la mujer feliz que todo el mundo creía. Habías corrido demasiado. Tus ganas de vivir, de salir de cada, de huir…, te hicieron casarte pronto, enseguida los hijos y, con apenas 30 años, te sentías presa en una jaula de oro (así llamabas a tu casa), asumiendo responsabilidades para las que no creías estar preparada.
Tú creías que yo te entendía, que te escuchaba, y eso ayudó a que cada vez más me buscaras. En poco tiempo nos hicimos inseparables. Cualquier disculpa aprovechabas para verme.

Fue tu padre el primero en descubrirnos. ¡Qué disgusto le diste! Y fue él quien te advirtió del peligro que corrías conmigo. Te contó que yo era amigo sólo de lo divertido, de lo fácil, que no entendía de responsabilidades, ni deberes, y sobre todo te habló de mi egoísmo, de lo que suelo hacer cuando me encapricho. Tú no lo escuchaste.
No tardó mucho tu marido en enterarse. Te quería y no dudó en plantearte ó Él ó Yo.
El miedo a poder perder a tus hijos te hizo querer dejarme. No se te ocurrió para olvidar más que irte de viaje. Querías reflexionar, coger fuerzas para negarme. Y te fuiste, pero no habías llegado aún a tu destino y ya me habías llamado. Fue una semana de verdadera lujuria. Nos quisimos, nos amamos y decidimos no separarnos. Planeamos que, a la vuelta, lo mejor sería tener cuidado. Me metiste en tu casa a escondidas, para poder aprovechar mejor cada rato.

Aquello duró tres años. Lo que al principio parecía divertido se convirtió en calvario.
Tus hijos fueron los que enseguida te descubrieron. Tú cada vez querías estar más a solas para verme y ellos lo notaron. Eran los años que más te necesitaban, sobre todo el mayor que empezaba a ser adolescente.
No dejabas tus obligaciones, pero corrías por hacerlas. Intuían mi presencia y me buscaban. No había rincón que no miraran y eso hizo que tú te desesperaras.
Muchas veces me encontraron, me echaron de tu casa, las mismas que tú prometías no volver, pero volvías. Me odiabas pero me querías.
Eras consciente de que te hacía daño, te apartaba de tus hijos, pero no podías dejarme. Tú misma dijiste que te había quitado tu propia LIBERTAD. Y era cierto, la tenía. Eras mía.
Fue tu hijo mayor el que te apartó de mí. Te había advertido que, si no me dejabas, él se iría. Se avergonzaba de ti. Y lo hizo.
ROSA, compañera, jamás ví llorar a una mujer como lo hiciste tú al perder lo que más querías. Luchaste, pero era tarde. Él se fue.
Aquello no lo esperabas, te costó reaccionar y tú no podías. Fueron tus otros dos hijos y tu marido los que tiraron de ti.
Yo, al principio, no me lo creía. Fueron muchas las veces que me dejabas y no lo conseguías. Me equivoqué.
Nunca dejaste de ser madre y ese amor fue lo que hizo que te agarrases a lo que te quedaba, y era mucho.
Soy egoísta, muy egoísta, por ello me negué a perderte. Durante un tiempo te acosté, te sorprendía, buscaba cualquier pretexto para verte.
Te costó, pero lo hiciste. ME DEJASTE.

Tu gente te ayudó mucho y también amigos que me habían conocido, que sabían de mis debilidades, de mi egoísmo.
Para mí no fue fácil ver que cada día que pasaba te alejabas, y mi orgullo hizo que me jurara que estaría siempre contigo aunque no me desearas.
Así he pasado todos estos años, a tu lado, observando la vida que has llevado.
Te he visto reír miles de veces, y llorar.
Te he visto ser esposa y ser madre.
Te he visto ser mujer.
Te he visto trabajar y disfrutar.
Te he visto… VIVIR.
Hoy nos has dejado para siempre y ha sido tu hijo, ese hijo que tú creías haber perdido el que me ha buscado, para que sea yo, EL ALCOHOL, quien te conoce tanto, el que pueda escribir tu epitafio:

“ADIÓS ROSA, COMPAÑERA, LA MUJER DE LAS MANOS LLENAS, EN UNA LA DIGNIDAD, EN OTRA LA LIBERTAD”.

ALCALÁ DE HENARES. Agosto 1999.